Mostrando las entradas con la etiqueta Cosas que pasan. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cosas que pasan. Mostrar todas las entradas

Se cena a las 9

Ella en su sofá rojo, mirando atenta la pantalla de una tele que no entiende.

Miro el reloj y casi las nueve.

- ¿Cenamos?

- Bueno… pero ¿ellos no vienen?

- ¿Ellos? ¿quiénes?...

Me mira y muy bajito me responde señalando la pantalla de la tele:

- Ellos.

Son cinco y alguien les hace una entrevista. Larga, al parecer.

- Ellos están en la tele, no pueden salir de ahí. No están aquí –le explico-

- Claro que están. Llevan toda la tarde esperando para cenar.

¿Coño, los habrá invitado el señor alzheimer?. Miro la pantalla de reojo y me pregunto cuándo narices se acaba esa entrevista.

- Que no, que están en la tele; además, no los conocemos…¿tú los conoces?.

Los mira, me mira y se echa a reír.

- Es verdad, no sé qué estaba pensando…

Nada. Era el señor alzheimer quien pensaba.

Nos vamos a cenar.

Surrealismo

Él murió hace algunos años.
Era un gran hombre y siempre lo llevo conmigo.

Anoche mi madre se iba a dormir pero el señor alzheimer no tenía sueño y se inventó una historia para tenerla despierta.

-¿Aún no volvió de pescar?- me pregunta ella.

- …(busco una respuesta que no tengo)…. ¿Quién? - mal hecho, debí hablar del tiempo.

- Él, se fue a pescar y no volvió. Se ahogó en el mar y no lo vais a buscar...

- … pero… (mal “rollo”, a ver cómo salimos de esta) …Que no, que no fue a pescar… ¿cómo iba a ir a pescar? (mala respuesta). …Que sí, que fue a pescar y volverá al amanecer… (tampoco es buena).

Y es que no tengo la respuesta y me siento como si participase en un concurso de preguntas contrareloj sobre un tema del que no tengo ni la más remota idea. Pero intento todas las respuestas. Hasta esta:

- …Tranquila, ya lo hemos encontrado…

- ¿Y avisaste a la familia? -me pregunta angustiada echándose a llorar -

¿Y ahora qué? A ver la de verdad

- Él murió hace años ¿no recuerdas?. Hace días le llevamos flores… No puede haber ido a pescar…

- ¿Cómo no me voy a acordar? – me dice algo enfadada por poner en duda su memoria- Ya sé que murió hace años, pero hoy se fue a pescar y se ahogó…

- Ya… bien, claro…. (ella me mira esperando una respuesta)…pues…

Y así fue pasando la noche hasta que el señor alzheimer se durmió.

Sin duda, este señor es un cabrón.

Cuando el señor Alzheimer vota.

Hoy elegimos, tomamos una decisión. En realidad, lo hacemos cada día pero hoy sumamos una elección a las ya habituales y cotidianas.
Hoy podemos ir a votar si queremos. Hoy somos “más importantes” aunque igual de anónimos porque decidimos sobre el futuro de muchos.

A estas horas un avance en la red dice que el nivel de participación está en un 35%, dos puntos por debajo de 2003. Ya soy una estadística y, por ahora, en minoría ya que estoy entre ese 35%.
También mi madre es una estadística en minoría o quizás lo es el señor alzheimer. No sé a cuál de los dos acompañé a votar, quizás a ambos.

Nunca mi madre había mostrado tal empeño por cumplir con su derecho al voto, jamás; de hecho hace años que no vota y eso “mosquea”. También “mosquea” el contenido de su voto, impensable hace unos años. Cabe pensar que esta ha sido una decisión de dos: mi madre y su inquilino, que ya es de la familia.

Volver a casa fue difícil. A mi madre y a su amigo les gustó el colegio electoral. No sé lo que esperaban encontrarse, pero allí querían pasar la tarde.

- ¿Ya nos vamos? –dice mi madre ofreciendo cierta resistencia al tirón de mi mano.
- Claro, nos vamos a casa. Ya hicimos lo que veníamos a hacer. ¿Para qué vas a quedarte?
-
Si sé que vamos a estar aquí tan poco tiempo, no vengo.
- No esperarás que te den un bocadillo ¿eh? – le dice alguien en broma sin saber que la está liando.
- A mi aún no me dieron nada – dice medio enfadada.

Cierto, ella ha dado su voto y nadie le ha dado nada. Urge salir de allí. No sea que le de por reclamar su voto y llevárselo de vuelta a casa.

El día que la reina acarició a mi gato

Mi gato se llama Sócrates y se sienta en el regazo de mi madre a echar la siesta.

Ya lo hacía en julio de 2006, cuando en todas las cadenas retransmitían el funeral por las víctimas del trágico accidente de metro en Valencia al que asistieron los reyes de España.

Sócrates se despertó en ese momento en que la reina aparecía en primer plano en la pantalla de la tele. Saltó desde el regazo de mi madre al suelo, estiró sus patas delanteras y se dió un paseo por el salón.

Pero esa es mi versión.

Mi madre tiene la suya. Son los mismos actores y el escenario es común. El salón de mi casa y la iglesia se confunden en su cabeza. Y además adora al gato.

Sócrates saltó de su regazo y avanzó por el pasillo central de la Iglesia donde se celebraba el funeral. La reina lo vio "Qué gato tan bonito, bisbisbisbis" (¿ya dije que mi madre adora al gato?).

La reina, por supuesto, le hizo unas caricias bajo la atenta mirada de mi madre.

Y hecho esto, se acabó la historia y discútele tú a mi madre que Valencia está a 1000 Km de aquí. Como si la geografía fuese importante.

¿Cómo lo consigue el señor Alzheimer?.

Regresar a la escuela

Que Einstein era un genio es un hecho.

El tiempo es relativo.
3 y pico de la madrugada, tiempo de dormir (para mi). Para otros no tanto.

El señor Alzheimer quiere ir a la escuela a estas horas en que hasta los pupitres duermen. Convence a mi madre y es ella quien me llama desde el final de la escalera. 82 años, ropa nueva, cara lavada. Eso ella, yo en pijama.

Yo: ¿A dónde vas?
Ella: Pues... ¿no tengo que ir a la escuela?
Yo (¿la escuela? ya la hemos liado): ¿a la escuela? No, aún es pronto... creo.
Ella: es que no sé si suspendí o aprobé.
Yo: (sorprendida de que en sus tiempos de escuela hiciesen exámenes, pero vete tú a saber): seguro que aprobaste, pero es que mañana es sábado, tranquila, los sábados no hay escuela.
Ella: ah... ¿entonces qué hago? Es que claro, si suspendí...
Yo (bajando las escaleras): que no mujer, ala, vamos a la cama y quédate tranquila. Mira que querer ir a la escuela un sábado.

El señor alzheimer no contaba con el miedo al suspenso. Esta vez volvemos a la cama.

Un inquilino llamado Alzheimer

Nadie lo invitó, al menos yo no.

Tampoco lo invitó mi madre aunque ya no se acuerda.

Empezó a instalarse en casa hace unos años, así, sin dejarse ver demasiado.

Un día aparecía en cualquier calle y la invitaba a perderse.
Y se perdía. Sólo un rato.
Después venía a casa a visitarla y, poco a poco, dominó su vida. Se escondió en un oscuro rincón de su cabeza y ya nunca se separan.

A menudo está callada, a solas con ese inquilino que le roba la memoria.

Mira y no reconoce.
Quiero ir a mi casa -dice-.
Ya estás en casa ¿no lo ves?.

No, no lo ve.
Está perdida en una niebla de recuerdos y recuerda otro lugar, este mismo lugar en su niñez. Allí quiere volver.

Quizás porque entonces nadie le robaba sus recuerdos.